“La esperanza
de que en el arte estaría “presente”,
si no lo absoluto, sí al menos lo otro,
determina las expectativas que el
individuo,
el público y con ello también, a fin de cuentas,
la sociedad, fundan
sobre el arte.
Dicha esperanza es el elemento de la ideología estética de la
modernidad que,
pese a todas las decepciones y chascos, sigue vivo”
En la Calle Pintor Fortuny, en el Raval
(Una de las zonas con mayor índice de inmigrantes de la ciudad de Barcelona) se
presenta estos días la obra “Inversión” de La joven artista Daniela Ortiz,
dicha obra se centra en la selección de personal de un hombre de mediana edad,
español, con experiencia en la construcción para adquirir un puesto de trabajo
en Perú, es decir nos presenta la tensión de enfrentarnos a la “Inversión” del
movimiento migratorio al que generalmente estamos acostumbrados, la artista
cambia las reglas.
En la primera parte del display nos
encontramos con las leyes de extranjería de diferentes países, este gesto lejos
de ser anecdótico nos enfrenta directamente y de manera brutal a una de las
características de la tradición
ideológica de la cual somos hijos: la llamada “Matriz colonial”.
La jurisdicción aunque a veces nos caiga
realmente mal tiene un papel central en la confección ideológica y
eurocéntrica; determina quién es que y de que manera cada uno de nosotros tiene
un papel en la sociedad del cual no puede salirse, es decir, determina quién es
el ciudadano, que derechos tiene, que hace falta para conseguir la ciudadanía,
quién no la merece, por que motivos, etc. Y en este caso lo jurídico determina
ontológicamente quién es el inmigrante. A juzgar por los documentos presentados
en la exposición el inmigrante siempre es
un ser humano, pero un ser humano inferior, al cual se le pueden
arrebatar todos los derechos ante cualquier falta.
Después de este primer impacto,
observamos vídeos con entrevistas a los once candidatos y un poco más adelante
las fotos de los mismos, es casi una muestra sociológica del clásico obrero
español, es decir, del sector de la población que más se ha visto afectado por
la actual crisis económica de la que ya nadie escapa y frente a los retratos,
el anuncio de trabajo. Daniela Ortiz ofrece un trabajo a cambio de una
redefinición de sí mismos, el elegido pasará de ser ciudadano español (y por lo
tanto perteneciente a los seres humanos con derechos) a ser, en el mejor de los
casos un inmigrante con trabajo, pero un inmigrante al fin y al cabo.
Este gesto abarca una gran tensión por un
motivo básico, en los movimientos migratorios tradicionales del s.XX y XXI, los
migrantes pertenecen en su inmensa mayoría de los países previamente
colonizados, ellos parten de las carencias que encuentran en su lugar de origen,
carencias económicas, pero también en cuánto a derechos se refiere, es decir,
ellos son seres humanos “inferiores” incluso en su propio país de origen. En el
orden mundial de la globalidad, ya son desde un inicio ciudadanos de segunda y
al migrar la única diferencia es que lo hacen lejos de casa y se enfrentan a
nuevas jurisdicciones. El trabajador español, no. Para él es una experiencia
nueva. Es una violencia renovada.
Esta tensión nos traslada de público a
ser dianas de una violencia latente, que normalmente va direccionada hacia el
extranjero, el emigrante, el desconocido, aquel que da miedo y que de repente
somos nosotros mismos, el español convertido en migrante, despojado de unos
derechos que creía inherentes a su condición de ciudadano. Somos la diana
porque nos vemos convertidos en otra cosa.
Otra pregunta que nos asalta a lo largo
de la exposición es ¿qué papel tienen las instituciones relacionadas con el
mundo del arte (museos, galerías, etc…) en este juego de Inversión? Las
instituciones artísticas han estado siempre íntimamente ligadas al poder a lo
largo de su historia, ¿cómo es posible que ahora sean cómplices de este acto
casi terrorista? Quizás sea porque esta acción al fin y al cabo es un acto
metafórico, no de militancia.
Por último creo necesaria una última
reflexión acerca de la eficacia de
esta propuesta. Si la artista quiere acabar con esta “Matriz colonial” o como
mínimo conseguir un cierto impacto y replanteamiento de la situación ya hemos
visto a lo largo de la historia que la violencia engendra más violencia,
resistencia, márgenes de exclusión, etc. Quizás sería un buen momento para
plantearnos (como individuos y como sociedad) si no sería más eficaz trabajar de forma unida, colectiva,
global intentando crear un nuevo modelo, fresco, imaginativo y pacífico (en el
sentido más profundo del término) como primer paso para empezar a
“descolonizar” nuestro mundo y poder entrar así en una nueva manera de entender
las complejas relaciones globales a las que nos enfrentaremos en el futuro.
Gracias al trabajo de Daniela Ortiz vemos
cómo los artistas se pueden convertir en “terroristas” ideológicos que nos
violentan al obligar a enfrentarnos a otra realidad, las obras presentan una
resistencia que escapa incluso a la voluntad de la artista, presentando
tensiones nuevas en cada espectador. Galerías y museos pasan de ser espacios
neutros a espacios de tensión y desconcierto.